Siempre envidiaba a las personas que bebían café, pensando que a veces me vendría bien el efecto estimulador, pero nunca lo bebía porque no me gusta. Tampoco bebía té. Sin embargo, después de leer varios artículos sobre las propriedades anticancerosas del té verde, comencé a tomar unos sorbos en restaurantes chinos, de las pequeñas tazas sin asas que los chinos suelen emplear.

Pues, tomando gusto a ese té, me compré un gran paquete. Pero, como no sé hacer las cosas con moderación, y me hago adicta muy rápidamente, me puse a beber dos o tres tazas de té cada día, y no de pequeñas tazas chinas. También me puse a pasar mucho tiempo en los servicios sin saber la razón, porque jamás se me había pasado por la cabeza que ese té es muy laxativo (quizás para contrarrestar los efectos contrarios tras comer mucho arroz). Me sentía como un trapo viejo hasta que até cabas y dejé de beberlo. Después de dos día, me mejoré.

Pero al tercer día me desperté hecha una arpía o más apropiadamente un dragón chino, exhalando fuego. Gritaba como una descosida y tronaba contra todo. La gata se ocultó detrás del sofá. Pues me eché a llorar a lágrima viva. “Es evidente”, dijo mi hijo, que no cupo detrás del sofá, “que estas padeciendo el síndrome de la abstinencia, por falta de cafeína.” Y tuvo razón.

Ahora estoy en mi estado normal, o lo que pasa por ser normal, la gata ha salido de su escondrijo, y aunque vendría mi alma al diablo por una taza de té chino, no me atrevo a beber una sola gota, siendo hoy en día una téadicta.

Para resistir a la tentación hice, con el resto del paquete de té, algo que casi nunca emprendo : limpié los pisos, porque según otro artículo de periódico, el té frío sirve para fregar los pisos de madera. A mi ver, los pisos no brillan más que antes, y después de tanto trabajo me quedé sin nada, excepto un fregasuelos irremediablemente manchado de té chino.

Acaba de volver mi hijo de la ciudad de Québec, donde asistía a una conferencia sobre la publicidad en las escuelas. (Está en contra a ella).

La víspera de su regreso (sus colegas ya habían salido), tras errar unas horas por las calles, se encontró transado por el frío, y decidió pasar la tarde en su habitación en el hotel, leyendo y mirando televisión. Como no había servicio de habitación en ese hotel lamentable, compró en una pequña tienda dos o tres kilos de bocadillos, bastantes para no fallecer de inanición.

De esta provisión, trajó a casa una botella de miel y una lata de jarabe de arce. Trajó tambíen una bolsa de trozos de algo misterioso, y me desafió a adivinar lo que era. A juzcar por la forma, el color, y los huecos adentro, me parecían trozos de queso de Gruyere. Eso lo había pensado él al principio, pero se dio cuenta en seguida que los huecos eran demasiado uniformes y redondos para ser queso de Gruyere. ¿Y de qué se trataba ? Pues se trataba de recortes, recortes de hostias preparadas para los comulgantes en la misa.

Sé que es absurdo, y que los trozos sólo eran harina y agua, pero no pude probarlos, porque sentía una especie de tabú que no podía superar. Ni siquiera abrí la bolsa. Metí los recortes en un paquete que estaba al punto de enviar a mi hija, diciéndome que si ella tampoco quiere comerlos, puede darlos a su perro Oscar que no está afligido de tabúes, y comerá cualquier cosa.

¿Quizás sea la culpa de los vídeos pero no les parecen que la gente se comporta muy mal hoy en día cuando va al ciné, confundiendo la sala de ciné con su propia sala de estar? Creo que puedo convercerles, por medio de algunos incidentes, que su comportamiento va de mal en peor.

El primer incidente ocurrió en el ciné Carlton cuando fui a ver “El Jardín Colgado”. En la sala había un anciano con un bastón negro. Al momento en que dos actores se besaron, ese anciano se levantó, agitando el bastón en el aire, y clamó : “Eso es un pecado y yo debería saberlo”. Pues se fue y nunca supe porqué él “debería saberlo”.

Otro incidente tuvo lugar cuando fui con mi hijo a ver una película tan popular que solamente dos asientos estaban vacíos, al lado de nosotros. Al ultimo momento llegó, con el acomador, una pareja mayor, él con un bastón. Me dije : “Un bastón ¡AY! Pero no puedo ser el mismo hombre porque es un bastón blanco de ciego. No es posible.” Sin embargo, era posible. El anciano era ciego y algo sordo. Se sentó al lado de mi hijo y su mujer comenzó a menudearle en voz alta lo que pasaba en la pantella.

Al salir pregunté, algo tonta, a mi hijo: “¿Te han molestado mucho?”  ” No, ” repondió caústico. ” Fue un verdadera placer para mí. Además su aliento no olía a rosa y no dejó de darme golpes con su bastón. Eso es la gota que ha colmado el vaso, y nunca volveré al ciné. “

No obstante, para ver Titanic decidió arriesgarse. Sin duda ya han adivinado que occurió otro incidente, y tienen razón. Por delante de nosotros un hombre chiflado se entusiasmó tanto por la historia que en cada momento de tensión se echó a chillar. Lo que chillaba era la palabrota que comienza por la letra “F”. Al fin alguien le dijo de callarse y se calmó. Sin embargo parecía estar loco por la abuela en la película y no pudo dominarse cuando ella reapareció. “Es granny. Es granny. Granny está de vuelta. “

Una vez la película terminada, esperamos adrede en nuestros asientos para ver como estaba ese chiflado. Pasando al lado de mí, sonrió y guiño un ojo.

“¿Porqué esta sonrisa y este guiño?” Preguntó mi hijo. “No lo sé por cierto”, respondí, “pero salgamos por otra puerta. Me temo que me haya tomado por granny.”

A mi me entusiasma la ópera, pero mi hijo la abomina, y puso mala cara cuando logré comprar entradas revendidas para una representación en la Opera Garnier en Paris.

Por la tarde, subimos la grandiosa escalera de mármol tan resbaladizo que a cada momento temía deslizarme. Subimos y subimos hasta el gallinero. Con los brazos un poco más largos, habría podido tocar la araña del techo. Mirando alrededor me di cuenta que toda nuestra línea consistía en touristas que habían comprado entradas revendidas, incluso una pareja rara que de nada tenía cara de aficionados a la ópera. Pero las apariencias pueden engañar porque tras diez minutos de canciones en alemán, la mujer mostró su saber, diciendo: “debe ser una ópera alemana.”

Mucho más tarde, bajó el telón, se encendieron las luces, y se levantó la gente. Me aseguró mi hijó que la ópera se había terminado, y cuando protesté que no podía ser el fin porque los cantantes no habían salido a saludar, me dijo : “Así es por aquí. ” Como había pasado tres años en Francia, me sentí obligada de creerlo, y bajamos casi hasta la planta baja. Pero en la escalera sólo había cuatro gatos y eso me puso la mosca detrás de la oreja, aunque con retraso. Al preguntar a un acomodador, aprendí que era solamente el entreacto. “No vas a subir de nuevo”, exclamó mi hijo, pero no había pagado un ojo de la cara para perder el fin, y subimos otra vez. Noté que nunca volvió la pareja rara. Sin duda había tomado el entreacto por el fin. ¡Que imbéciles!

No creía que mi hijo me había jugado una mala pasada de intento, pero tenía malas pulgas, y le pregunté porque no se había dirigido él mismo a un acomodador y antes de que bajábamos la escalera. Su repuesta era : “No quería que me tomara por un idiota.” Parece que no le molestaba si su madre hacía ese papel. ¿ La ópera que vimos ? Era “El escape del serrallo.” Pero desde esa noche la llamo “El escape frustrado de la Opera Garnier.”

Dejé de mirar telenovelas, a causa de lo que me parecía su inverosimilitud. En las telenovelas, casi cada vez que llaman a la puerta, aparece un extrañjero proclamando : “Yo soy tu medio hermano; o tu padre que creías muerto; o tu gemelo sequestrado al nacimiento.” Sé que eso no es cosa inaudita, porque mi cuñado tiene a un medio hermano, de cuya existencia no estaba enterado durante muchos años. Sin embargo, me parecía increíble que en tantas telenovelas, parientes antes desconocidos estaban hasta en la sopa. Pues la suerte me dió una sorpresa.

En mi propio caso, nadio llamó a la puerta, pero un día mi hija me llamó por teléfono desde la isla francesa, al poco de irme de allá. “No sé como decirte eso”, tartamudeó. En madre típica me imaginé inmediatamente lo peor, por ejemplo una enfermedad grave. Continuó mi hija (yo, por una vez, había perdido el habla) : “Abrí tu correo como me dijo hacer, y hay una carta para ti que comienza, ” No me conoces, pero soy tu medio hermano Eduardo”.” Sentí tan alivio que solamente me reí y contesté : “¿Es todo? Así no es nada serio.” Añadió mi hija, también con una risa : “Además creo que debe ser verdad que es tu hermano, porque a juzgar por el principio, no anda con rodeos, y le falta tacto, igual que tú.”

Ahora tuve que poner al corriente a mi hermana. Con la opinión (falsa por supuesto) de mi hija sonando en mis oídos, marqué el número y tras las fórmulas de cortesía acostumbradas, le pregunté : “¿Que tal el medio hermano de tu marido? … A próposito, nosotras también tenemos a un medio hermano.” Estaba muy contenta de mi discreción, y no comprendí porque mi hermana parecía muy perturbada. Al fin y al cabo, en una familia, más vale uno más que uno menos, ¿Verdad?

Todavía no miro telenovelas, pero he terminado de criticar su carencia de verosimilitud, y ahora me pongo muy nervosia cuando llaman a la puerta. Después de todo, si tengo a un medio hermano, no es imposible que tengo a otros, y aun si se dice, “cuanto más, mejor,” todo tiene sus límites, con excepción, por supuesto, de las telenovelas.

Antes de Navidad, compré en esa gran tienda de lujo, Holt Renfrew, una bata de seda para mi hija. Aún al precio rebajado me costó un ojo de la cara, y entregué a la dependiente mi tarjeta de débito con una mano temblorosa. De regreso a casa, me disgustó ver que mi paquete estaba mal envuelto, con papel que parecía usado, pero lo deje a un lado para no pensar más en mi prodigalidad.

Una semana más tarde, al recibir del banco mi estado de cuenta, vi que la transacción en Holt Renfrew no había tenido lugar. Hesité un buen rato, pero al fin telefoneé a la jefa del departamento , que pareció asustada de mi honradez. Sin embargo cuando le dije dos palabras sobre el papel de embalaje, se subió a la parra y me dijo : “Eso no es posible. En Holt Renfrew no solemos emplear papel usado.” Vamos a ver, pensé, sin decir más.

Al día siguiente, fui a la tienda para pagar y para mostrar mi paquete a la jefa, que cambió pronto de tono. Rebajó el precio de otro cinquenta dólares y pidió a un subalterno que le envolviera de nuevo. Ese hombre también pareció asustado di mi probidad, en efecto tan asustado que temí estar un poco blando del cerebro. Me sentí un poco mejor sólo cuando me dijo, espontánemente : ” Este papel parece usado. “

Más tarde, reflexionando sobre ese incidente, me pregunté si haber pagado no era una tontería . No obstante, me decía que una concienca tranquila vale mucho más que el dinero. ¿ Y Cómo habría podido regalar a mi hija una bata casi robada ? Telefoneé a mi hija y le relaté la historia. Estaba segura, debido a su buena educacíon (aunque no debería decir eso yo misma) que estaría de acuerdo conmiga.

“No me digas que has pagado mamá, ” me dijo. Piensa en todos los otros regalos que habría podido comprarme con el dinero economizado.” Su reaccíon no era muy reconfortante, y me pregunté quién la había criado.

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